jueves, 14 de diciembre de 2006

LA CIUDAD DE LA FURIA


Hacía bastante tiempo que no viajaba a Buenos Aires. Parece lejos solo porque es otro país, porque si pensamos la distancia en horas yendo en barco, no son muchas más que las que puede llevarnos ir a Rocha en Rutas del Sol. Pero bueno, cuando una se va a la ciudad porteña imagina que Buenos Aires la espera con la luz encendida –como rezaba aquel jingle de Alíscafos-, que va a vivir experiencias únicas e inolvidables. Así que armé un abultado bolso con ropa-por-las-dudas (por si refresca, por si llueve, por si salgo de noche, por si se me rompe o ensucia algo) y me dispuse a vivir la aventura de visitar Baires con el cambio a favor, casi con la misma expectativa que en otros tiempos iba al Chuy a buscar ofertas. Estuve tres días y no usé nada de lo que llevé, porque no bajó de los 40 grados de sensación térmica, incluso de noche transpiraba de una manera desagradable. Maldito bolso lleno de cosas inútiles.

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Los porteños no parecen irritarse por el calor húmedo y pegajoso, están acostumbrados a respirar ese aire denso y contaminado. Aire sucio. La ciudad huele rancia, el olor a basura se entremezcla con el smog, la polución, el aliento y el sudor de miles de personas compartiendo escasos metros cuadrados al mismo tiempo. Alta suciedad. La piel de los argentinos luce grasosa, brillante, dan ganas de envolverlos en papel tissue. Volví con la piel en un estado lamentable, con pequeños granitos que nunca habían existido, puntos negros y resequedad. Mis pies con sandalias quedaban con las plantas negras al poco rato de andar. No corre el viento en esa ciudad, no se renueva el aire. Solo caminé tres días por Malos Aires. Maldita grasa de las capitales.

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Nunca pude cruzar la avenida 9 de Julio de una sola vez. Todas y cada una de las veces que fui a Baires lo intenté sin éxito. Supongo que tiene que ver con el ritmo cansino de Montevideo, donde incluso los semáforos duran más tiempo con la luz verde. Está bravo, son 6 carriles de cada lado, con un ancho cantero en el medio, y los autos no circulan a menos de 80 kilómetros por hora. La gente tampoco. Maldito apuro.

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Lo primero que siempre me impactó al llegar a Buenos Aires son los kioscos de revistas. No alcanzan los ojos para ver tanta variedad de publicaciones. Compré La Mano y Barcelona, dos de las decenas de revistas que no sé por qué maldita razón no llegan a Uruguay, serían un reconfortante alivio mensual si así fuera. La Mano trae a Vicentico en la tapa, adentro confiesa por fin que muchas épocas de los Cadillacs fueron acompañadas de ácido, y cuenta anécdotas jocosas. Vicentico luce siempre tan sucio, tan grasiento, no quiero imaginar su almohada, qué asco, razono que los porteños lucen ‘avicenticados’, o que Vicentico es un prototipo de esa ciudad tan aceitosa. La Mano la leo con pasión, desde el índice hasta los créditos, nada tiene desperdicio porque es una de las publicaciones más inteligentes que han surgido en los últimos años, dirigida por Roberto Pettinato, quien por cierto conduce uno de los mejores programas de tevé que se pueden ver actualmente en Argentina, “Duro de domar”, que tampoco lo dan acá. Nunca entenderé por qué se importa de Argentina la peor basura y se ignora la cultura inteligente y creativa. Por supuesto que la revista Barcelona jamás llegará aquí, una edición con formato de diario, con noticias que no lo son, pero podrían serlo si se lee después de fumar uno. Me descostillo de risa con titulares tan bizarros como: “Un grupo de legisladores ex duhaldistas impulsa la creación de la ‘merca país’”, o “La esposa de Paul Mc Cartney y Darío Silva publican su libro ‘¿Quién se ha llevado mi olor a queso?’”, o “Temen que tras el caso de hemiplejia de Lucía Galán, Pimpinela pase a llamarse ‘Pimpiquieta’”. Brillante. Lo mejor es que esos títulos son ampliados inteligentemente mediante la clásica estructura periodística de copete-desarrollo-remate, y una piensa que la redacción de Barcelona es una nube de cannabis o bien que se puede ser un medio rupturista apuntando al absurdo total. Y en los kioscos hay muchísimas revistas más que una quisiera llevarse, pero hay que elegir para que la plata permita comprar otras de las tantas cosas novedosas que ofrece Buenos Aires. Maldito monopolio de diarios y revistas, maldito Cachete Spern y secuaces analfabetos que nos impiden hacernos de una buena lectura importada en nuestro país.

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Buenos Aires me da sed. Hacen 40 grados a la sombra (si tengo la suerte de hallar sombra, ¡sombra nada más!). Y entonces me encuentro con la mayor sorpresa del viaje: el precio del agua, el alto costo de una botellita de medio litro. Es carísima, y no hay más remedio que pagarla una y otra vez, porque el calor y la ciudad deshidratan. Gasté una fortuna en agua, fue lo más caro del viaje en relación a otros productos. Para hacer una comparación, en un supermercado puede comprarse cerveza por 1 peso argentino la lata, o sea, por 8 pesos uruguayos. Y la botellita de Quilmes cuesta 1,20 pesos argentinos (¡9,60 pesos uruguayos!). Sin embargo la botellita de agua cuesta 2,60 pesos argentinos (¡casi 21 pesos!). ¡Es de locos! El agua sale casi el doble que la cerveza. Por supuesto tomé cerveza como si fuera agua, y viceversa. Eso sí: me llamó la atención la gran variedad de cervezas Quilmes. Hay ‘Stout’ (negra), Bock, Cristal, y no sé cuántos tipos más. Son todas ricas, aunque bueno, en la situación de sofocamiento que viví esos tres días con que estuviera fría ya me parecía deliciosa. Hablando de eso: en Buenos Aires el alcohol está muy barato para los bolsillos uruguayos. Ejemplos: una botella de champagne ‘Concha y Toro’ cuesta unos 80 pesos uruguayos. Un buen vino, envasado, de buena bodega, no vale más de 50 pesos, y eso los más caros. Un whisky berretón vale unos 80 pesos uruguayos, y uno importado o de marca reconocida anda entre los 160 y 200 pesos nuestros. Dan ganas de tomarse todo, y de llevarse un carro de super repleto de botellas, pero al final una se controla, porque luego hay que pasar por la aduana con todo eso, y además pesan. Así que me fui a lo seguro, porque la gracia de ir a Buenos Aires es poder comprar lo que acá no se consigue, y en materia de alcoholes la Ginebra Bols se transformó en un tesoro desde que dejó de importarse (nadie sabe bien por qué). Encima una descubre que allá vale 8,50 pesos argentinos, es decir, ¡¡¡70 uruguayos el litro!!! Quiero llevarme 25 botellas, pero no puedo, me llevo algunas, que ya veré cómo escondo en el bolso. Malditas aduanas, malditos impuestos aduaneros que encarecen los productos importados, malditos impedimentos para emborracharme a piacère.

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Buenos Aires me maravilla. No sé si podría vivir en ella en este momento de mi vida en el que hasta Montevideo me agobia y estoy cada vez más cerca de irme a vivir a la costa. Pero Buenos Aires me seduce con ese porte de gran ciudad, con esos edificios impresionantes, esas avenidas temiblemente anchas, esa luz nocturna llena de vida. La ciudad está siempre viva, como si fuera un cuento de Ray Bradbury. Nunca cierra, nunca se apaga. De los tres días que estuve uno fue feriado (el 8 de diciembre, día de la Virgen, quedé de cara cuando lo supe, mientras acá se celebra el día de las Playas, allá celebran a la Virgen de la Inmaculada Concepción; podría ser una buena analogía del perfil de cada pueblo), otro fue sábado y otro fue domingo. Tres variantes que no fueron tales porque Buenos Aires siempre estuvo abierta, en movimiento, llena de gente, brindándose a quien quisiera aprovecharse de ella. Los comercios nunca cierran, nunca, ni en feriado ni en domingo, y además permanecen abiertos hasta cerca de la medianoche, o más. Uno puede ir a comprarse un perfume o un disco o un libro o una campera o una licuadora o una artesanía a cualquier hora, cualquier día, en cualquier lugar. Todo está disponible, siempre, y los bares abiertos y llenos, y los cines repletos y los teatros de la calle Corrientes con colas que doblan las esquinas. Don’t stop. No para, sigue, sigue. Maldita envidia de montevideana con complejo de inferioridad.

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Buenos Aires, Buenos Bares. Uno en cada esquina, cada uno con su onda propia. No sé por qué me gustan tanto las sillas de los bares porteños, casi todas de madera, con ese respaldo curvado, que calza justo a la mitad de la espalda y se cierra lo suficiente hacia adelante como para servir también de posabrazos. Comparo y pienso que Montevideo se degradó mucho en ese sentido, sustituyendo las sillas de madera de bar o las de metal de pizzería por las desagradables sillas de plástico blanco, que fueron adoptadas por todas las clases sociales y afearon todo sin aportar ninguna ventaja (son muy grandes e incómodas, se abren y se rompen, se ensucian y dan calor, quedan mal en las conferencias, en los casamientos, en los balcones, en los jardines, en los salones de clase, en las casas, en los boliches). Me pasó algo curioso en un bar, mientras tomaba una cerveza sentada en una mesa de la vereda. El mozo me aconsejó que cuidara mi mochilita, porque había mucho arrebato. Me explicó que es muy común que los niños se escabullan debajo de las mesas y roben las carteras, y acto seguido me ofreció una correa de cuero, de aproximadamente 20 centímetros de largo, parecida a un collar de perro, que tenía en un extremo un gancho del tipo que usan los hombres para colgarse las llaves del pantalón, y en el otro extremo una argolla, para que atara mi mochilita a la pata de la mesa, al tiempo que la tenía entre mis piernas. Increíble. No supe si pensar qué buen gesto el del mozo, o qué locura la vida en esa ciudad.

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Hay un ambiente medio violento, sí. Una violencia de ciudad monstruo, que devora y es devorada. Hay decenas de niños pidiendo plata, comida o bebida por todos lados, los mismos que arrebatan y viven de eso. Es común ver un niño correr, seguido por un policía. Y se ve gente amontonada frente a una farmacia en una peatonal porque adentro hay policías esposando a una mujer que vaya una a saber qué delito había cometido. Y hay que andar atenta, con ojos en la espalda, sin bultos muy grandes, porque una se siente vigilada de cerca, como cuando un grupo de pequeños que promedian unos 10 años te rodea en un semáforo, y sabés que si no te escabullís vos, ellos lo harán antes, y con tu cartera. Sí, Buenos Aires te come si no te defendés. Maldita exclusión social, maldito capitalismo.

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Nada de las papeleras. Recorrí varios barrios de Buenos Aires y la única referencia al tema papeleras la encontré el último día, en unos afiches de la plaza que está frente al teatro Colón, que convocaban a una próxima marcha en Plaza de Mayo en contra de Botnia. Nada de mala onda con los uruguayos, por el contrario, parecen alegrarse de vernos. Quizás tenga que ver en algo con la enorme población multiétnica que puebla Buenos Aires, y que me pareció que había aumentado desde la última vez que estuve. Es así: los comercios chicos son atendidos en su mayoría por peruanos o bolivianos, y los supermercados por chinos. Se ven chinos por todos lados, llama la atención tanto oriental junto, me resultó llamativo, es como si Buenos Aires fuera tomada como una meca de oportunidades por extranjeros completamente ajenos a la cultura de esa ciudad. Por eso sorprende, porque entro a todos los comercios y me atienden orientales que apenas pueden dialogar porque no entienden español. Compré “cergüeza”, “acuá”, y demás artículos originales. Por supuesto no realizan los trabajos mejor remunerados, no, son inmigrantes y por ende mano de obra barata, Buenos Aires los usa para hacer todo lo que los porteños ya no quieren. Maldita discriminación.

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Hay maxiquioscos en todas las esquinas, abiertos las 24 horas. La mayoría son de una cadena llamada “25 horas” que monopoliza el negocio, según pude averiguar. Podrían ser más útiles si vendieran cerveza, pero parece que la empresa firmó un convenio con el gobierno para no venderla. Así que para un turista sediento no sirven de mucho. En Buenos Aires hay muchas cosas prohibidas, entre ellas el tabaco, desde hace poco tiempo. No se puede fumar en ningún lado, al igual que en Montevideo, y las cajillas de cigarros lucen leyendas de advertencias parecidas. Eso sí: en relación el tabaco cuesta 10 pesos menos, 3,60 pesos argentinos, que equivalen a unos 28 uruguayos (acá la caja vale ¡38 pesos!). Sin embargo fumé poco en Buenos Aires, ni siquiera me aproveché de tener un precio más conveniente, perdí las ganas al sentir que me estaba fumando una ciudad entera, posiblemente mucho más contaminante para mis pulmones. Además extrañaba al Nevada, una se acostumbra a sus pequeños vicios y los cigarros argentinos saben secos, amargos, no es lo mismo. A lo que no me acostumbro, y no creo que pueda mientras no abandone el vicio, es a no poder fumar en los bares. Si hay un ámbito apropiado para prenderse un pucho es en la mesa de un bar, tomando un café, una cerveza, un whisky. En eso Buenos Aires me traicionó esta vez, fue una puñalada certera y fatal. Malditas políticas de salud pública que deciden por mí.

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El transporte es todo un tema. Qué placer viajar en un taxi cómodamente, sin la molesta mampara. Si hay algo por lo que organizaría un referéndum es contra la mampara de los taxis, cuenten conmigo si se les da por esa lucha. El boleto de colectivo tiene un valor de 80 centavos, es decir, 6 pesos uruguayos. No hay guarda, sino unas máquinas parecidas a un teléfono público que hasta devuelven el cambio. No andan a menos de 70 kilómetros por hora, así que una puede recorrer largos trayectos en poco tiempo. Y aún así, a los porteños les parecen lentos los colectivos y siempre te recomiendan el subte, que sale aún más barato. Yo tan solo con la frecuencia y velocidad de los colectivos me sentía satisfecha, ellos no entienden que en Montevideo se tarda media hora en recorrer apenas 2 kilómetros en ómnibus. En otro plano aparece el transporte internacional que usé para llegar a Buenos Aires. Buquebús está quedando obsoleto, es hora que el señor López Mena invierta un puñado de la millonada que saca por mes mediante venta de pasajes y favores políticos en actualizar el servicio. Circula un rumor de que López Mena recibió mucho dinero del gobierno argentino por abaratar los pasajes para paliar la problemática de tener los puentes cortados. Me llamó la atención incluso que en el puerto de Buenos Aires, al regresar, no me cobraran tasa de embarque. Ya en el barco, la comisario de a bordo de Buquebús me explicó que Kirchner había decretado la eliminación de dicho impuesto aduanero por 180 días. Resulta que entre los cortes de los puentes y el abaratamiento de los costos (pensemos que la tasa de embarque se paga individualmente, y que si se embarca con un auto en la bodega debe pagarse otra tasa especial, que ya no se abonan), Buquebús está que revienta. Se venden más pasajes de lo que admite la capacidad de los barcos, la gente que ya sabe esto hace cola con más de 3 horas de anticipación en los puertos, los atrasos son moneda corriente, las esperas interminables. La gente viaja durmiendo en el piso del barco, esta parece una opción más cómoda que las molestas sillas de las mesas del Eladia Isabel. Cuando se habilita el barco la gente se lanza en una cacería salvaje por un asiento reclinable. Aún así, si uno está dispuesto a pasarla bien encuentra alternativas para disfrutar el viaje, como ir tomando algo en la cubierta, viendo amanecer sobre el Rio de la Plata. Es cuestión de buscarle la vuelta. Eso sí: maldito viento.

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Culturalmente Buenos Aires es de una riqueza envidiable. Todos los días y a toda hora hay algo interesante para hacer, para ir, para ver, para leer, para aprovechar. Hay actividades para todos los gustos, edades y niveles adquisitivos. Shows internacionales y recitales under. Librerías colmadas de lecturas apasionantes, ferias, exposiciones, teatro. Si uno va con dinero para gastar puede sacarle un jugo cultural extraordinario. Admiro a los argentinos desde siempre por el aporte cultural que han hecho a mi vida, desde todos los ámbitos. Y me maravillo al ver la variedad de propuestas que puedo tener a mi alcance cuando leo una cartelera. Por querer estar en todos lados, no estoy en ninguno, simplemente me deja extasiada la sensación de tener la ciudad a mis pies, la posibilidad de aprovecharme de eso, la perversión de ser y estar cerca del deseo y no tocarlo.

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Llama la atención ver mujeres en bikini, en sus reposeras, tomando sol... ¡en las plazas! Como en la playa, pero a una cuadra de la 9 de Julio, en plena hora pico. Nadie las mira, a ellas no parece importarles y se broncean en la ciudad. Ahí es cuando una agradece vivir en Montevideo, con la playa siempre a pocas cuadras. Y el vientito, ah, eso es lo que más se extraña siempre, ver a la gente cocinándose en las plazas sofoca y da como penita.

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El domingo Boca jugaba una final contra Lanúz, podría haber salido campeón si no fuera porque en otra cancha Estudiantes le ganaba a Arsenal, y ese resultado lo complicó todo. En los bares cercanos al obelisco la gente colmaba las mesas mirando el partido, completamente embanderados, con camisetas y gorros de Boca. Esperaban salir campeones y ya estaban allí para arrancar los festejos, que en Buenos Aires siempre ocurren en el obelisco. No sé si lamentar la derrota porque me perdí de ver en vivo y en directo un festejo de esa magnitud, o si creer que, a juzgar por el aspecto y las actitudes de esas mini barras bravas que poblaban los bares, me salvé de algo.

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Al final me compré pocas cosas, muchísimo menos de lo que pensé. Los precios convienen, pero hay tanta tentación que la plata se va en cosas impensadas. Como en agua. En realidad más que los precios lo que cautiva es la variedad, en el caso de la ropa, por ejemplo, atraen los diseños originales, los estilos únicos, prendas que en Uruguay no existen o no se consiguen, porque por alguna curiosa razón acá todas las tiendas ofrecen lo mismo, siempre tan aburrido y monótono. Fui a Buenos Aires sin ningún plan, y no hice otra cosa que recorrerla y descubrirla una y otra vez. Estuve por muchos barrios, por muchas realidades diferentes, pasando desapercibida entre la multitud. Me recuerda aquel poema de García Lorca, “Paisaje de la multitud que vomita”, donde el poeta se siente víctima de una muchedumbre que lo arrastra, que lo deja sentado solo en un muelle, como queriendo escapar del agobio de la gran ciudad (Nueva York en ese caso). Sin embargo yo no quise escapar de Baires sino de Montevideo, para perderme en una ciudad que no me conozca, que no sepa sobre qué pasos voy andar, que no me encuentre, que me asuste y me encandile. Una ciudad siempre alerta, que no muera los domingos, que me impregne de su olor y me acose con su gigantez. Y hubiera andado muchos días más por sus calles, pero el tiempo se vuela en la ciudad de la furia.

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Buenos Aires me despidió con agua, agua esperada, agua necesaria para apagar el calor del cemento que calentaba la ciudad desde hacía días. Unas horas antes de partir se largó una tormenta eléctrica, con una cortina de agua que impedía caminar, pero eso sí: tormenta sin viento, Buenos Aires es un pozo de edificios altísimos, no hay viento ni aún debajo de un cielo partiéndose en dos. Por suerte conseguí asiento en Buquebús, junto a la ventana, y volví contemplando el sutil paisaje de los rayos y relámpagos sobre el río nocturno, con la postal luminosa de una ciudad que solo alejándose puede verse chiquita.

3 Comments:

At 14 de diciembre de 2006, 13:45, Anonymous Anónimo dijo...

SOY EL PRIMERO QUE DE MAS

La verdad increible, dan ganas de ir a BsAs.

 
At 19 de enero de 2007, 02:44, Blogger Kenny Cito dijo...

Actualización! Actualización! Actualización! Esto no es el cantico de una hinchada, es pura elegancia. :)

 
At 9 de febrero de 2007, 15:43, Blogger LOIS dijo...

Para que se venga el próximo posteo, primero tengo que venir yo, de ese lugar donde se encuentra mi mente en este verano insoportablemente caluroso.
Ya voy, calma.

 

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